Todos hemos sido cobardes alguna vez

¿Cuántas veces has sentido, has sabido, que para alcanzar una meta, o para mejorar tu calidad de vida o para solucionar una situación, habría sido necesario (y posible) dar un paso hacia adelante - actuar?, pero no lo has hecho.


¿Cuántas veces hubieses podido ofrecer tu apoyo, tu ayuda a una persona - actuar?, pero no lo has hecho.


¿Cuántas veces hubiese sido necesario admitir un error - actuar?, pero no lo has hecho.


Te ha pasado a ti y me ha pasado a mi.


¡Todos hemos sido cobardes alguna vez!


Bueno, el pasado no se puede cambiar y no tiene sentido alguno culparnos, fustigarnos, retorcernos en el remordimiento, pero sí se puede aprender de el. Para ello, primero necesitamos comprender por qué y después para qué lo hemos hecho, y así vislumbrar los mecanismos del miedo.


¿Por qué no dimos ese paso hacia adelante? – ¿Por miedo al fracaso, a equivocarnos, al rechazo?


¿Por qué no hemos apoyado / ayudado a esa persona? - ¿Por miedo a ser juzgados, criticados, humillados, rechazados?


¿Por qué no hemos admitido nuestro error? - ¿Por miedo al “qué dirán”, miedo al ridículo, a no ser capaces, válidos, perfectos?


En resumen, porque hemos querido evitar el sufrimiento de sentirnos fracasados, incapaces, rechazados, vulnerables… Son sentimientos desagradables y dolorosos para cualquier persona, cierto, sin embargo es aquí donde encontraremos también las claves para aprender a transformar nuestros miedos.



Dice el cuento sufí, que una noche, muy, muy tarde, Nasrudín estaba dando vueltas alrededor de una farola, mirando hacia abajo. Pasa por allí un vecino.

- ¿Qué estás haciendo Nasrudín, has perdido alguna cosa?- le pregunta.

- Sí, estoy buscando mi llave.

El vecino se queda con él para ayudarle a buscar. Después de un rato, pasa una vecina.

- ¿Qué estáis haciendo? - les pregunta.

- Estamos buscando la llave de Nasrudín.

Ella también quiere ayudarlos y se pone a buscar. Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan. Habiendo buscado durante un largo rato acaban por cansarse. Un vecino pregunta:

- Nasrudín, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?

- No, dice Nasrudín.

- ¿Dónde la perdiste, pues?

- Allí, detrás de la esquina.

- Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí?

- Pues porque aquí hay luz y allí está a oscuras.





Al igual que en el caso de Nasrudín, las claves (llaves) que nosotros necesitamos, el potencial sanador, no está a plena luz, sino en la oscuridad, en la oscuridad de lo desconocido, que no siempre está allí fuera, sino también dentro, dentro de nosotros mismos y allí es donde hemos de buscar. Así que, veamos para qué evitamos el sufrimiento, el fracaso, el rechazo etc. Las respuestas pueden ser muy variadas, según lo que estemos evitando, sin embargo, siempre nos llevaran a alguna necesidad psicológica que esté sin cubrir.

Ejemplos de preguntas y sus posibles respuestas:


¿Para qué evito el fracaso, el error, la derrota? – Para sentirme válido, capaz y por tanto, aceptado y reconocido (necesidad de afiliación/pertenencia/conexión/amor y necesidad de reconocimiento).


¿Para qué evito arriesgarme? – Para sentirme seguro y a salvo de cualquier fracaso (necesidad de seguridad más las anteriores).


¿Para qué evito el rechazo? – Para evitar el dolor de no ser aceptado/amado (necesidad de afiliación/pertenencia/conexión/amor).


Como podemos ver, en cada uno de estos tres ejemplos se da una paradoja, ya que al evitar aquello que nos da miedo, impedimos que la necesidad relacionada se pueda cubrir (ni desde fuera, ni desde dentro). Por ejemplo, si necesito afiliación/pertenencia/conexión/amor, pero rompo las relaciones por miedo al rechazo, abandono etc., no solamente que no permito que me amen, sino que dejo de amarme a mí mismo, empiezo a despreciarme, a considerarme mala persona, desde la culpa y el remordimiento y poco a poco, entro en una depresión porque nadie me ama, ni siquiera yo mismo, ya que soy indigno de amor (una creencia limitante extremadamente dañina).


Del mismo modo, si necesito sentirme válido, capaz, reconocido (y auto-reconocido), pero no hago, no actúo, no cumplo la tarea, me retiro, abandono, finalmente llego a despreciarme, porque uno se desprecia más por no enfrentar la tarea que por abordarla sin conseguir los resultados esperados aun habiendo hecho el mayor esfuerzo. Y despreciarse significa tener muy baja autoestima por lo cual la necesidad de reconocimiento (auto-reconocimiento y auto-estima) queda totalmente descubierta. Eso también me lleva a no arriesgarme más, hecho que lejos de darme la seguridad que estoy buscando, me provoca aun más inseguridad (no estoy seguro de que sea capaz) y desconfianza (perdida de la confianza en mis propias capacidades y habilidades que finalmente me lleva a perder también la confianza en los demás).


Y aquí es donde también hay que considerar la dimensión social: necesitamos apoyarnos los unos a los otros, ayudarnos y así crecer juntos (tanto los que piden y reciben el apoyo / la ayuda, como los que ofrecen y dan ese apoyo / esa ayuda). Sin embargo, es justamente esta la que más falla y en muchos casos hay que buscar las raíces en la infancia. Por ejemplo, si alguien, siendo un niño, ha experimentado, tal vez de modo reiterado, que equivocarse es malo, que el fracaso significa ser apartado, rechazado, abandonado, ¿cómo puede asumir el fracaso en su edad adulta? En la sociedad moderna, ¿quién empatiza, quién acoge, y es más, quién respeta al que se arriesgó y perdió? No se suele pensar en lo que significa para un niño que reciba una reprimenda o que sea humillado, burlado cuando no le resulta una tarea tras haberse esmerado y puesto todo su empeño, simplemente porque no tiene todavía la habilidad para hacerlo. Además, errare humanum est y sin los errores, sin las equivocaciones, sin los fracasos, nunca aprenderíamos nada en profundidad. Nadie adquiere seguridad y confianza en su propio juicio, en sus capacidades y en sus habilidades, en su actuar, sin haber probado el error. Ser valiente es asumir el riesgo y seguir avanzando. Necesitamos aprender a respetar y a reconocer esta valentía.


En otras palabras, si alguien pretende evitar el fracaso a toda costa, evitar el error, la equivocación, evitar el sufrimiento, quien no asume riesgos, quien transforma la seguridad en un fin, quien entiende por felicidad “la ausencia de la adversidad”, está generando un caldo de cultivo para el miedo incapacitante. Toda situación interna o externa nueva, que no conocemos, frente a la que no nos sentimos capaces en ese momento o suficientemente preparados, conlleva un miedo, pero también la oportunidad de crecer (al transformar ese miedo). La vida es eso: cambio constante, novedad constante, incertidumbre y necesitamos aprender a afrontar esas situaciones con maestría, transformando los miedos, utilizándolos para avanzar.


“La cuestión del dolor o del sufrimiento necesario tiene que ser vista con claridad. (…) ¿Son posibles el crecimiento y la auto-realización sin momentos de dolor, sufrimiento, pena y confusión?” (Abraham H. Maslow, Psicología del ser)


Así que la pregunta pertinente ahora es: ¿Cómo puedo cubrir mis necesidades de otra manera (saludable, beneficiosa para mí y, a ser posible, para otros también)?

Y aquí es, dónde, desde el presente, tomamos conciencia de nuestras fortalezas, de nuestras capacidades y habilidades y también de otras nuevas a desarrollar e incorporar posteriormente. Con ello podremos cubrir nuestras necesidades y prepararnos para el futuro, prepararnos para poner el miedo a nuestro servicio, transformándolo y utilizándolo para nuestro crecimiento, nuestro desarrollo personal y profesional.


Ejemplos de herramientas y ejercicios que te pueden ayudar:

  • Realizar un DAFO. Una herramienta muy útil para descubrir tus puntos débiles (que los puedes trabajar y transformar en fortalezas), las amenazas (que vienen del exterior y, cambiando de perspectiva, cómo podrías transformarlas en oportunidades), tus puntos fuertes (las capacidades y habilidades que ya tienes y otros aspectos positivos de ti – tus fortalezas), y finalmente, las oportunidades (situaciones, contextos externos que te favorecen).

  • Lleva un diario. Te ayuda a identificar patrones de pensamientos, emociones, sensaciones corporales asociadas y comportamientos, y a determinar si son perjudiciales o no realistas y cómo te afectan. Tras esta toma de conciencia, puedes empezar a cambiar lo perjudicial (especialmente los pensamientos destructivos y las conductas poco efectivas) por algo más constructivo, positivo, más realista y beneficioso.

  • Presta atención a tus pensamientos inflexibles y empieza a cambiarlos por unos más flexibles. Ejemplo: Inflexible – “Tengo miedo.” / Flexible – “A veces tengo miedo, pero también soy valiente muchas veces.”


Recuerda: el miedo no es ninguna imperfección, es una respuesta adaptativa y lo necesitamos. Tener miedo al miedo es un error ya que al intentar controlarlo, eliminarlo, negarlo, anestesiarlo, lleva a un callejón sin salida. Además, la cultura anti-miedo perjudica justamente a las personas más sensibles, a las que más profundamente sienten. Condenar algo que simplemente es parte del ser humano y del mundo, nunca es beneficioso.


“Sentirse débil, vulnerable y asustado como respuesta a eventos vitales estresantes no es infantil, sino humano.” (Leslie S. Greenberg, Trabajar con las emociones en Psicoterapia)






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